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Ideología y Profesión. (la Praxis psicológica errónea)

Por JesRICART - 4 de Mayo, 2010, 13:44, Categoría: ENFOQUE

Independientemente del posicionamiento ideológico de un sujeto, la relación que lo contrata a propósito de su función profesional (servicial o cooperativa) es parte de una contractualidad concreta para la cual las diferencias de ideas no pueden intervenir para sabotearla, De cada profesional lo que se espera es que ejerza su profesión: la función o rol por el cual es contratado o avisado. En los oficios técnicos es evidente que las diferencias de opinión sobre machs futbolísticos o incluso sobre política no van a alterar a aquello por lo que se cumple con un trabajo. En los oficios más intelectuales la claridad no es tan evidente. Para el caso particular de un profesional de la psicología -en su intervención psicoterapéutica para la cura de un solicitante- no se puede esperar que priorice su ideología o su propia sentimentalidad a la técnica interpretacional, tampoco de un profesor que interprete la historia de acuerdo con su ideología política. La separación entre lo científico y lo personal valida un saber. Superar lo subvjetivista nunca ha sido fácil. Los baremos para asegurar una objetividad impecable no son tan evidentes. La ciencia (y/o sus resultados y hallazgos) se ha puesto al servicio de los intereses del poder, una veces por el sojuzgamiento de los científicos o descubridores y otras por su propia y espontánea adhesión. Explicar la historia de los hechos (también el relato de los hechos psíquicos y de la conducta sentimental) con una objetividad impecable requiere dominio de la técnica y de una honestidad a prueba de las indagaciones mas seriases necesaria la observación critica y la auto observación honesta para no caer en proyecciones personales, es decir en subjetivismos de bajuras. Un tipo de psicología profesional trata los conflictos humanos. Desde una posición más sociológica que psicológica, aunque tampoco ninguna de las dos llegan tan lejos sin una visión filosófica. Hay unos fetiches en los que un tipo de psicólogos/as en activo caen reiteradamente proyectando su propia experiencia personal (que no profesional) al caso del que se ocupan o que les consultan. 1. Afirman que la pluralidad relacional (que en su código y en el mayoritario) denominada de infidelidad es propio de la inmadurez y más propio de los hombres. 2. Afirman que la generación vinculada al 1968 como símbolo o icono (participara o no directamente en los acontecimientos) era utópica y nunca aceptó la realidad lo que los ha mantenido en una desrrealidad permanente. 3. Afirman que la instantaneidad de goce sin vínculo posterior ni compromiso con el desenlace es propio de la irresponsabilidad. Interesantes posicionamientos éstos para combinar el caos. Del compromiso que reclama el punto uno se deshace totalmente en el punto 3. Desde la posición del analizante, el consultante que expone con más o menos transparencia sus verdades personales para ser examinadas (analizadas) por un analista, le toca prevenirse y elegir cuidadosamente en quien confiar. No todo el plantel de la profesión que exhibe una etiqueta o un titulo o una licencia para el tratamiento clínico mental está capacitado para ejercer su rol. Lo mismo se puede decir de toda clase de profesionales en toda clase de gremios. No todos están preparados para ejecutar correctamente aquello de lo que se encargan aunque sí estén dispuestos o no tengan el menor reparo en presentar sus facturas por el tiempo invertido aunque haya sido inútil. La esfera de la psicología aplicada es una de las que se lleva más cuestionamientos. Son ya un tópico las caricaturas que se burlan del profesional que cobra por escuchar y a veces por pasar horas semisomnolentes (según una clásica viñeta desacreditando el psicoanálisis). Esta crítica no me preocupa tanto como la que se debe hacer al profesional intervencionista que trata de adoctrinar a su paciente con valores ideológicos de la adhesión de aquél. En otros campos del tratamiento de la salud se hace sospechoso el ginecólogo que chantajea emocionalmente a una solicitante para la interrupción de la vida de su cigoto o en el agente de viajes que se esfuerza en influir para hacer cambiar de planes a su cliente para cubrir el cupo de otro proyecto. Si bien en cada oficio hay una cancha de juego del oficiante su función debe ser meridianamente clara desde antes de acudir a sus prestaciones. El campo de la psicología es de los más controvertidos por la transfronterización con otros campos no es tan nítida y no pocos profesionales epifenoménicos y colaterales se creen capaces de ayudar con su labia y sus sonrisas a las curas de quienes se lo soliciten. Si bien es cierto que todo espacio de acogida genera un sosiego siendo en si mismo ansiolítico, no todas las pautas dadas son curativas y algunas intervenciones cronifican síntomas. El profesional que habla de lo suyo o trata de implementar sus ideas y no unos criterios objetivos que ayuden a la soberanización del yo no solo no hace de profesional de la cura mental sino que viene a contribuir a una menos higienización. Un protocolo psicológico ha hipervalorado la estabilidad curricular confundiéndolo con el prototipo del individuo sumiso y productivo que el sistema espera de él. Ciertamente la patología está conectada con los valores (conceptos e ideas) del consultante pero su análisis tiene que ser objetivo e impecable sin dejarse condicionar por la ideología del analista. Para éste sea quien sea el consultante (desde el más bello individuo al más nefasto y criminal) tiene que aplicar un protocolo riguroso de exploración, de hipotetización de causas y de línea de resoluciones de acuerdo a una estructura presentada, no de acuerdo a su propia estructura. El psicólogo no es ni se puede plantear ser el modelo comportamental para nadie. No es ni el representante de la normalidad ni tiene que plantear los términos de intervención desde la defensa de una normativa de acciones. Cuando una psicóloga cuestiona la pluralidad (en el campo de la intimidad y la sentimentalidad) de su cliente está dando muestras de su propia inmadurez personal (determinada por una moral clásica) y de su impericia técnica. Razón suficiente para entrecomillarla y no poder confiar en su intervención. Cuando pone el énfasis en las vivencias sociológicas o políticas de un periodo determinado como causa central en la disfunción del comportamiento es que prioriza lo exógeno a lo endógeno dejando en un plano ultimo la voluntad personal como motor de cambio. Cuando impugna el placer en su independencia activa y lo convierten en peaje para un compromiso estable olvida que el deseo de realización humana empuja a multitud de alianzas provisionales o pasajeras. Como la figura de espejo del profesional de la psicología es algo suficientemente conseguible se le puede aceptar parcialmente en sus recursos de seguimiento de lo presentado sin aceptarle en su diagnóstico y mucho menos en su ideología. La ideología se diferencia de la filosofía de valores en que aquella tiene unas ideas fijas mientras que esta propone una dialéctica de flexibilidad aplicada al proceso biográfico e histórico. Las ideologías se dividen entre las que concretan actitudes de favor o en contra de un sistema social dado, Las filosofías son multitud de escuelas que desean aportar una visión interpretativa de la vida y del mundo. Ha sido sospechosa la concomitancia entre el evaluador de perfiles de candidatos a puestos de trabajo (generalmente a manos de una psicología industrial) que ponían el énfasis en empleados predecibles en su estabilidad (es decir en su obediencia laboral) correlacionada con sus familias montadas y el evaluador de la psicología de la personalidad para enfrentar los trastornos presentados aplicando esa misma plantilla esquemática. Como se sabe los cuadros privados mas organizados no están exentos de patologías graves y a veces con escenas criminales incluidas. La figura psicoterapéutica que no distingue entre individuo (como dinámica particular con su proceso único e induplicado) y sociedad (como conjunto de estructuras de funcionamiento y de pensamiento jerarquizado y sometida a unos dominios minoritarios) tiene bastantes probabilidades curriculares de convertirse en un aliado del sistema al reproducir indirecta o implícitamente la moral pública sin atender a la idiosincrasia particular del caso que se ocupa. Ni el analizante tiene que contar con los elogios del terapeuta ni el rol de éste pasa por activarlo elogiándolo con reforzantes. Hiperbólicos no ajustados a la realidad. El análisis es, de hecho, un co-análisis entre consultante y observador para averiguar la trama de los conflictos por los que aquel consulta y este le hace de espejo para que no pierda el hilo de la investigación sobre sí mismo. Esto requiere una técnica meticulosa que repasa hábitos y criterios (explícitos o no) que los acompañan, también repasa conceptos, enfoque biográfico, correlograma y valores. La praxis clínica lleva en el campo de la higiene mental –también lo hace en el campo de la salud física con la neuropatía- a la necesidad de repasar valores. En ese punto puede producirse un conflicto cuando la ideología conservadora del terapeuta se opone a la liberal del analizante o al revés. Cabe el riesgo de hacerle pensar que es víctima psíquica por su amor a la libertad y a la liberalidad. Lo cierto es que no todos los profesionales están preparados para todos los casos y es un requisito deontológico no tratar de asumir aquellos para los que no se está preparado. Teóricamente el terapeuta debe prescindir de las diferencias en las formas de vivir y de pensar y centrarse en la mecánica de los factores y en la causa multifactorial que generan los problemas independientemente de las identificaciones de cada uno. De otro modo su contratransferencia impide el proceso de esclarecimiento. El objetivo terapéutico es el alcance de la indagación a verdades manejables que permitan cambiar situaciones de vida minimizando el desequilibrio de la personalidad y el padecimiento. Ese objetivo: la verdad terapéutica ha de estar por encima de todos los prejuicios tanto del lado del analizante pero sobre todo del analista cuya irresponsabilidad es total si confunde sus adhesiones ideológicas con las pautas profesionales. A. Huxley ya señaló que no es lo mismo la verdad sabida sobre uno mismo reconociéndola en privado que oyéndosela a decir a otro. El analizante está en su potestad de devolver su propio análisis del analista si este no está a la altura de su ejercicio profesional por empañarlo con sus prejuicios. En la primera y última instancia el espacio analítico es una cancha de verdades: juegos y tentativas para asumirlas y ser consecuentes con ellas. Lo que Manu Leguineche definió del viajar como buscar un poco de conversación en el fin del mundo se puede adaptar en cierta manera a la definición de psico-análisis buscar a alguien para crear la posibilidad de una conversación integral que no deje nada de la interpretación escondido.