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La probabilísitca de la disfunción mental

Por JesRICART - 29 de Octubre, 2009, 14:40, Categoría: TEORIA ANALITICA

 


La probabilística de la disfunción mental.

Puesto que el cuerpo humano es un organismo bioquímico una buena parte de tratamientos a sus dolencias pasan por la botica química: desde la fitoterapia y esencias florales a los productos sintetizados por laboratorios y explotados por la industria farmacéutica. El laberinto de la farmacopea tomada como almacenes para llenar por la industria química y el embotamiento mental que produce a su uso abusivo para el tratamiento de la disfunción mental, convierte el paciente en un lelo psicodependiente de la pócima sin que pueda organizar autonómamente la gestión de sus recursos intelectivos, creativos y físicos.

Tras tratamientos de larga duración quedan secuelas considerables y, lo que es más significativo, un temor a vivir sin el fármaco prescrito. Hay una alternativa a eso. El análisis por vía verbal de los eventos psíquicos del sujeto sufriente por su personalidad trastornada que comparten las psicoterapias trata de buscar una solución consciente y natural para el proceso de cura. Puesto que el campo delimitativo de la salud mental es impreciso y las teorías de intervención son múltiples, una impresionante cantidad de tecnicas y teorías se reparten este fructífero mercado de una clientela creciente. No cabe ninguna duda que cada generación en perspectiva va a arrojar un mayor índice de patologías, no solo por el hecho proporcional cuantitativo por el aumento poblacional, sino por la gravedad de las dificultades existenciales de los individuos empujados a sus crisis entre el ser y el deser en la limitante y alienante sociedad mercantil-materialista.

Ser normal o ser miembro de pleno derecho bajo la gran campana de la normalidad es la gran obsesión que preocupa a no pocos. A lo primero que se tiene que enfrentar el enfermo mental es a su reconocimiento, a su realidad subjetiva como, sea dicho de paso, es a lo primer que se tiene que enfrentar todo humano si quiere racionalizar lo que le pasa y resolverlo. El reconocimiento de un problema ya es un factor que ayuda a reducirlo en parte.

La disfunción mental en toda su extensa variabilidad de neurosis, psicosis y psicopatías termina por proporcionar experiencias de las que aprender grandes lecciones existenciales. A partir del reconocimiento de los propios déficits, (los que sean, sin añadirles mas de los que hay como consecuencia de autodesprecio) se empieza a construir una posición de sujeto ante un mundo repleto de sintomatologías y desequilibrios, tanto por lo que hace a casuística contable con trastornos de conducta, como a las trampas estructurales del sistema que va a enviar a la locura millones de personas.

Se refiere la cifra de 100 millones de personas con trastornos de ansiedad pero esta cantidad como otras que aporta la estadística psiquiátrica hay que tomarla con reservas. Hay mucha patología que sigue sin ser diagnosticada y de la diagnosticada hay muchos cruzamientos intersintomáticos. El hecho de que exista un correlato entre la escisión de la sociedad (en formas completamente diferentes cuando no opuestas de entender la realidad) y la escisión del pensamiento (sin llegar a la esquizotipia necesariamente pero sí arrastrando la coexistencia disonante de dobles discursos personales por razones de su pervivencia) incrementa que los eslabones mas débiles caigan en tendencias de bipolarización.

La enfermedad mental es tanto más extendida cuanto más caótica es la sociedad. Detrás de cada diagnóstico se puede rastrear, aunque sea remotamente, unas circunstancias que le fueron propiciatorias. De los problemas psíquicos de una persona nadie es ajeno porque la sociedad entera es parte corresponsable de los síntomas. La publicación de cifras estadísticas de mal augurio reconocen que al menos 1 de cada 4 personas pasará por un episodio de una enfermedad mental a lo largo de su vida. Es cuestión de tiempo y de razonamientos serenos para que se admita que la patología mental convive y se mezcla con la mal llamada normalidad y que cada individuo es proclive de adquirirla tanto como otras disfunciones corporales que se adquieren en un periodo de edad u otro. Lo extraño de tal previsión es la resistencia social a admitir que uno se puede volver “loco” al mismo tiempo que admite la probabilidad de enfermar físicamente en cualquiera de las otras enfermedades que afectan y asustan a la población. Esa resistencia está conectada con la confusión reinante con respecto a lo que da la propiedad de enfermo o disfuncionado a una persona dada. La vulgarización de una parte de la lexicografía psiquiátrica e incluso psicoanalítica ha llevado a un fuerte confusionismo. Muchas de esas palabras (obsesiones, traumas, depresiones, manías, rituales, inconsciente,...) se manejan sin darles el valor originario y lo que es peor sin hacer algo por recuperarlo. Es así que hay quien maneja (por ejemplo un marido celotípico) la palabra psicópata refiriéndose a alguien a quien conoce en el mismo ámbito de conversación en que le dice a su pareja que si tiene un amante la matará. El detalle no es una bagatela. El mismo tipo de mente utiliza mal un psicodiagnóstico gratuito a alguien sin tener elementos en un contexto en que demuestra su psicopatía al acudir a la amenaza y al guion del crimen si se siente traicionado sentimentalmente.

En las hablas que pasan por normales se descubren los pasteles de psicologías personales laberínticas y destrozadas en las que tratan de conciliar sus impulsos violentos, por no decir asesinos, con una supuesto equilibrio que se desmorona a la primera variable que les ponga en cuestión su rol. La patología mental está estrechamente relacionada con el tipo de vida social dominante fundada en el posesionismo y el individualismo que a la vez expresa una falta de autocentramiento en el yo.

Según sea el umbral con el que se mida la categoría de disfunción mental, el proceso de vida ya cursa con ella en tanto que la infra-intelectualidad está tan extendida y las obsesiones son constantes diarias. Muchas de las conductas automatizadas que se hacen no son ni lógicas ni razonadas y sin embargo se siguen prodigando y admitiendo. Los ministerios de salud han empezado a intervenir en los hábitos autointoxicantes contraproducentes para la salud y que además generar gastos que serian evitables al tesoro público. En el futuro también deberán intervenir en prácticas de consumos visuales o informativos que intoxican el pensamiento y cortocircuitan la mente. Hay programas o espacios de tarot (radiofónicos y televisados), un tipo de publicidad y la telebasura que son psicopatógenos. La apología del consumismo a ultranza así como de la indignidad en la comunicación verbal son incrementadores de la idiocia general, la principal de las patologías mentales y que campa socialmente sin ser casi nunca diagnostica.

Si bien hay psico-diagnosis pendientes por hacer, hay muchos psicodiagnosticos que vienen a agravar el síntoma si la persona diagnosticada no se rebela y constituye en sujeto conasciente para tomar el mando de si mismo. El diagnóstico mal gestionado puede anular las personas precipitándolas al fin. En un estudio prospectivo sobre una pérdida psicosocial severa Helnsing y Szkol (1981) vieron que su no gestión conducía a una tasa de mortalidad mayor. Esto fue comprobado en varones con causas no específicas para tal desenlace.

La probabilística de la disfunción mental tenderá a crecer en una sociedad en la que también crecen los factores de incerteza y los conflictos para los que no hay una teoría social firme ni unificada de resolución. El paso por la experiencia disfuncional posiblemente se convertirá en la forma de autoencuentro de muchos millones de personas siendo la crisis psico-conducutal el proceso magnos desde el que reconstruir la personalidad y escoger un nuevo comportamiento hecho a voluntad de acuerdo con los propios valores.