El acto testimonial. Jes RICART
Quizás no todos los individuos seamos fuentes de enunciado pero sí al menos lo podemos ser de observación. No hay nadie que no sea receptor de todo cuanto acontece incluso con el sistema perceptivo disminuido. Con esta premisa se puede constituir en observador condición necesaria para elegir entre espectador o actor. El grado de actividad de la observación depende de cada cual. Hay personas entrenadas en la observación y otras que no se enteran de lo que sucede a su alrededor. Eso también pasa en el rol decidido de espectador, hay quien después de ir a una función, una conferencia o a una proyección no se entera de todo lo que ha visto y otros que recuerdan muchos más detalles. La psicología diferencial demuestra que no hay un individuo idéntico a otro por lo que hace tanto a sus capacidades intelectuales como sensoriales. La metodología observacional exige que concurran dos o más observadores entrenados independientes que observen un mismo fenómeno para correlacionar sus observaciones y establecer el grado de confirmación mutua que se da. Espontáneamente esta forma de averiguar las cosas ya se da cuando para una misma información se recaba a dos o más informadores para dar con lo que busca (el viajero pregunta varias veces para ser reorientado en aquellas situaciones en las que intuye inseguridad por parte de su informador).
El salto de la observación a la tesis es crucial en la historia de las ideas y del pensamiento humano, por supuesto de la ciencia y de la historia de la aproximación a la verdad del ser humano ante su mundo y el cosmos. Si la observación de los sucesos quedara limitada a cuestiones supervivencia les (tal como hacen otras especies animales) la formación de las ideas todavía estaría por darse.
Ante el hecho observado caben actitudes diferentes: las que van de la mera recogida de datos a las que van a su elaboración para plataformar propuestas e incluso acciones para actuar en consecuencia. Muchos de los acontecimientos que suceden forman parte del gran espectáculo de la vida y de la sociedad y se toman como un devenir continuo ante el que no se puede hacer nada. Esto científicamente no es cierto, todos los actores pueden hacer algo ante su medio e intervenir desde su cuota personal de poder, pero psicológicamente es la actitud mayoritaria: la de la conformidad o aquiescencia. A la vista de las formas de relación y trato con los acontecimientos el yo circunstanciado orteguiano es más preciso cambiando el orden de los substantivos: cada individuo so sus circunstancias y él, o al menos así es interpretado para una inmensa mayoría de situaciones. Es completamente distinto que cada sujeto haga con su yo una sucesión de roles participativos a que se vea y se viva a sí mismo como un súbdito obligado a sufrir todo lo que le venga sin tratar de remediarlo.
Todas las reflexiones sobre el protagonismo de sujeto lleva a dos clases de posiciones: la de quienes creen que el ser humano puede intervenir en su destino y por tanto actuar de acuerdo a sus posibilidades y la de quienes creen que se haga lo que se haga la fuerte corriente histórica y la furia de los dominantes impedirán un acontecer distinto. En la dubitación de cual tesitura tomar las gentes se van pasando la biografía mientras se intercambian los cromos de la vida. Es así que el problema no es tanto el mal en si mismo allí donde irrumpe sino la no intervención para remediarlo, algo que se ha convertido en síndrome de sucesivas épocas. Como que muchas veces ese mal queda lejos de la inmediatez social se presupone que nunca llega a alcanzarte, cuando lo hacen aquellos por los que no interviniste solidariamente a su favor tampoco lo van a hacer por ti, entre otras cosas porque es posible que estén desaparecidos o muertos.
En la intervención critica de lo social, de las injusticias de cada época y para remediar los imposibilitantes de la felicidad y de la paz es posible que no se pueda hacer mucho más que la manifestación del acto testimonial. No es poco, la interacción con muchos actos testimoniales es un poderoso torbellino para cambiar las circunstancias. Es el momento sublime en el que el yo circunstancial o circunstante pasa a ser sujeto de la historia y autor de su destino. Este tipo de tesis suena a arenga para las posiciones reconfortadas en el no hacer reivindicativo que toman la biografía propia como un guión escrito por planificadores ajenos o que se la planifican sin meterse en lo que suena a líos.
En el mundo nuestro dar la cara por los demás ha pasado a estar de moda. No es tan difícil dividir todas las posiciones a dos: las éticas y las no éticas con su consiguiente correspondencia, aunque no tan directa ni mecánica, de las combativas y no combativas, pero sí cabe apelar al sentido de justicia universal al que la conciencia humana elemental nos vincula a todos. Es por esta que cada individuo convenientemente interrogado no tiene otro remedio que aceptar su falta de ética cuando su posición en el mudo es el de dejarlo tal cual está sin hacer nada para su remedio. Sin embargo hay luchas continuas que enmascara la falta de filosofía critica tanto de la sociedad en su enteridad como de la filosofía revolucionaria. Hay formas de participar en política y en haceres reivindicativos que en el fondo no desean ser vindicativos y les basta formar parte de la galería farandulera y vivir de una profesión, la del política que no deja de ser de éxito y bien remunerada. Hay formas de participar en el mundo descartando a priori que se pueda hacer mucho por él dada la mentalidad paralizada dominante del género humano. Todo lo que sabemos, y así nos toca reconocerlo honestamente, es que el mundo que dejamos o vamos a dejar 80 o 90 años después de haber nacido en él no va a ser mejor de como lo encontramos sino mucho peor. Testificar esto es una forma de neutralizar el engaño del triunfalismo de éxitos quiméricos y del evolucionismo social asegurado.
No hay una metodología única ni siquiera es única una teoría consensuada que explique lo que es la conciencia humana ante su devenir existencial. No hay reglas unánimes con las que luchar por una sociedad libre y justa, la panacea para los placeres y bienestares de toda la especie, cada sujeto consciente desde su puesto de francotirador o de su atalaya, debe intervenir con sus propias reglas para testimoniar al menos el mundo qué ve y el que podría ser posible sin tanta basura política, sin tanto despilfarro económico y sin tanto drama humano. Quien no se recree a sí mismo para ser mejor y hacerlo mejor mientras viva difícilmente podrá recrear su entorno. Lo que Gao Xingjian dice para la creatividad artística vale un tanto para la contribución a la recreación social:”un creador solo ha de ser fiel a las reglas que se impone”. Seguramente esta fidelidad debe ser completada con otras pero la idea de ser consecuente con la propia dinámica y la forma de vida que se quiere conseguir inventándola y adaptándola a un mismo es definitivo para cuando menos vivir un futuro personal ético.