El adolescente está en la vigilia de llegar a la sociedad adulta y la información que reúne sobre tal como están montadas las cosas, no le gustan. La tentación de culpabilizar a las generaciones que le preceden -y a sus padres en particular como sus representantes directos- por un mundo equivocado, es demasiado fuerte como para no hacerlo. Durante unos años se siente tan inocente como ignorante acerca de los sucesos y de las estructuras del sistema. Levanta su impugnación al todo, y en casos extremos desvalora todo lo recibido por sus progenitores y vive su inserción familiar como un estado represor de control. Las condiciones para el conflicto con los suyos están dadas y puede estallar en toda su violencia, cuando ni siquiera están expresadas las diferencias con suficiente claridad. Le bastará chocar con negaciones paternas con visos de autoridad, para que su precariedad se desbarate y sus ansias por romper con todo puedan más que cualquier razonamiento sensato. Toda propuesta paterno-materna será desconsiderada por el/la hijo/a adolescente que verá como erróneo o peligroso todo lo que venga de la sociedad adulta, a la que cree cómplice de todo lo establecido.
La alternativa clínica no puede quedar limitada a un psico-diagnóstico que salve de toda responsabilidad a los padres, y a una medicación contenedora; sino que pasa ineludiblemente por la psicoterapia, es decir por el espacio de comunicación y de sinceridad integral. Este tiene dos versiones: a/ la personalizada entre la figura del psicólogo como figura amiga y aliada para el adolescente en crisis y b/la compartida, entre grupos de adolescentes (con diversos grados de conflictos severos de relación con sus familias) donde cabe toda transparencia y confesiones con absoluta confidencialidad.