El deseo troncal en mi trayecto biográfico ha sido, desde que recuerdo, vivir mi vida sin obligaciones y sin ajustarme a un rol obligado. Quise cambiar el predicado heredado familiar y culturalmente de que la vida era un lugar donde veníamos a sufrir para tomarlo como un lugar de placeres y experimentaciones. Cambié la idea de vivir para trabajar a la de trabajar para vivir autoexcluyéndome como ser productivo para los circuitos tramposos del consumismo y autoconstruyéndome como ser para el placer y para la creatividad. Teoricé para mi propia coartada privada el proyecto de pensar y de elaboración continua como lo más satisfactorio que se podía hacer en el mundo de los vivos y a eso me dediqué sin importarme demasiado si tenia una aplicación inmediata. A fuerza de escribir historias imaginarias y ensayos no menos imaginarios he vivido literalmente del cuento, a fuerza de contarme a mi mismo lo divertida que podría ser la existencia colectiva si colectivamente la humanidad lo decidiera he alcanzado la máxima cuota de bienestar mental posible. De una primera etapa biográfica en la que mi consciencia señalaba enemigos de clase y obstructores deliberados de la historia pasé a otras etapas en la que mi consciencia señaló enemigos de especie y formas de vivir fundamentadas en el ostracismo y en las pocas ganas de evolucionar históricamente.
En ese proceso he pasado por duros momentos de enfrentamiento en los que ni siquiera las personas más cercanas con las que había compartido relaciones amorosas o relaciones de camaradería con las ideas podían permanentizarlas no ya como aliados sino tampoco como compañías afectuosas. Ser adulto significa estar solo dijo Jean Rostand. Sé muy bien el significado profundo de eso.
El deseo existencial es el programa de vida que pretende un destino a la medida de la idea personal de futuro que tiene el interesado. Es algo propio de las personas que han sustituido el esquema mental de la dependencia de factores externos (desde dioses a ayudas de algún tipo) por el de la a autogestión que cursa con factores internos de valor con los que organizar la vida y las cosas que la rodean. Para los recitadores del inch Allah, es difícil hablar de autonomía porque el ser humano no es nada frente al dios todopoderoso en el que creen. La sola mención del deseo existencial puede ser ya una blasfemia. Incluso algo peor: la sola idea de deseo hace entrar en contradicción al sujeto deseante contra los entornos que le restringen toda clase de individualidad y luz propias.
No todo el mundo piensa que la vida tenga que ser el resultado de planes que colmen nuestros deseos. Bossuet piensa que no es bueno que suceda todo como deseamos. La verdad es que las adversidades, reveses, contratiempos, dificultades, imprevistos y problemas nos colocan en tesituras para las que tenemos que improvisar soluciones, por tanto nuevas experiencias y readaptar nuestras personalidades e instancias deseantes. Bossuet trata de decir que desde el momento en que a un sujeto se le cumplen todos los anhelos y todos sus deseos se convierten en cumplimiento pierde de perspectiva las leyes de la realidad. En las casas reales ha habido quien ha educado a sus vástagos preasignados para detentar el cargo de rey en la increíble tesitura que todo lo que pidieran se les concedería y que todo lo que hicieran sería correcta. ¿Puede haber un imbécil mayor en la capa planetaria que la del tipo que se cree emperador y que todo lo que hace, dice y piensa es correcto por su saga divina? Pues bien, este tipo de figuras han existido. Y lo que la historia ha hecho pasar por figuras insignes ahora está perfectamente recogida en los manuales de patologías mentales por megalomanías y narcisismos estériles. El deseo en si mismo puede generar efectos contradictorios con uno mismo al desear distintos registros no siempre reconciliables entre sí y contrariados por los entornos que no quieren tolerarlos.
El deseo es una delas palabras proscritas. Automáticamente se infiere que si alguien desarrolla la noción de deseo y mucho más si se atreve a expresarla públicamente va a estar incurriendo en alguna clase de conducta proscrita. Su transgresión la puede llevar desde ser impugnada a ser sentenciada. Por encima de lo que digan las leyes hay otra clase de puniciones dadas por las costumbres. La gente no va por la calle diciéndole a cuantos ven que les gustan, que los desean. Te deseo es una frase que integra el cortejo interpersonal. A menudo, la represión cultural ha conseguido que el lenguaje del deseo sea callado y en su lugar sea actuado dándolo por supuesto a la vez que se perdía el placer inherente a su uso. La verdad de una persona empieza pro su autorreconocimiento ante sí misma. Para saber lo que eres también tienes que saber lo que deseas y ese deseo incluye una vastedad de recursos externos. Desear significa dos cosas: desear al otro y desear un parámetro determinado de existencialidad.
La sociedad no proporciona toda la justicia necesaria a todos por un igual para conseguir lo que necesitamos. El deseo existencial no es una carta que se concederá a su debido momento porque los todopoderosos lo faciliten así sino un programa de vida, una manera de ser para ir logrando propósitos uno tras otro. Si bien se puede vivir una vida entera sin grandes objetivos es inimaginable vivir sin deseo existencial. El deseo está por encima de la consecución determinada de cosas o eventos, implica una manera de tomarse la vida. El objetivo te vincula a una actividad, el deseo a una filosofía de ser.
El deseo existencial pasa por un protagonismo personal relacionado con el goce directo de las experiencias: tanto las corpóreas como las intelectuales, tanto las viajeras como las sedentarias, las materiales como las espirituales. El corolario del deseo existencial es el deseo de ser uno mismo, algo no tan fácil cuando el comportamiento personal, compendio de conductas elegidas, puede chocar con la inmediatez de personas muy cercanas, y muy queridas, que lo impiden. Donde hay el imperio de la represión de un tipo u otro (la mayor parte de ella es vehiculada no por agentes de la ley sino por agentes de la tradición) el sujeto que desea entra en contradicción con sus compañías más próximas: familiares, amistades y parejas, generalmente por este orden. Inevitablemente quien desea entra en conflicto con quien ha dejado condicionar el suyo por los patrones de conducta. En una situación donde no se permite el placer de la vida en su voluptuosidad quien expresa su deseo es sospechoso de contrario a los intereses de grupo. Algo parecido dijo Quevedo y Villegas al referirse a los sitios donde no hay justicia resultando grave tener razón.
El deseo existencial es algo privado que sin embargo trata de ser pautado por las políticas de sistema. Tomemos el ejemplo de la homosexualidad: desde hace medio siglo estoy escuchando la misma clase de argumento en su contra, la cacareada supuesta falta de naturalidad y el peligro de extinción de la especie en el supuesto de que todo el mundo fuera homosexual. Las dos razones obedecen a un estadio de desarrollo mental escaso. La naturaleza aporta experiencias tanto de hermafroditismo como de homosexualidad y la experiencia indica que el placer incide en el cambio de las maneras cuando las dominantes –dejémoslo en las más consentidas- no son practicables. Es así que en las cárceles puede desarrollarse más homosexualidad que en la calle. En cuanto a la extinción, habría que esperar el paso de dos generaciones enteras sin que nadie procreara para poner el grito en el cielo a modo de alarma por eso. Si alguien quiere un paraíso, por cierto, que lo busque en un planeta con un máximo de mil millones de habitantes. La discusión de fondo está en prohibir una elección personal de goce con argumentos de estado y de sociedad, lo mismo que la cópula anal en algunos estados USA. El liberalismo de un estado y por tanto el potencial que lo faculta para ser progresista pasa por su respeto a la idiosincrasia individual distinguiendo perfectamente en las elecciones privadas que atentan a la concordia social con las elecciones privadas que se mantienen dentro del universo de cada intimidad.
Lo que está en discusión no es tanto la privacía como el potencial de autonomía que esta pueda generar. Los individuos creativos con libertad sexual y en general libertad creativa no se ajustan a los perfiles sumisos dispuestos a vestir uniformes caqui para la guerra o llenar las fabricas haciendo horas extras para levantar los pluses de producción del país. Suele ser gente que prioriza su vida a cualquiera de los predicados patrios y culturales que herede.
En una discusión frontal entre quien hace apología del deber y de la moral publica instituida y quien la hace del deseo existencial y de su realización por encima de las obligaciones para con el otro, siempre decididas por intermediarios con cuotas de honestidad más que discutibles, el primero mostrará un resto de amargura que no resolverá mientras el segundo admitirá una resto de falta que tendrá en curso de resolución.