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Abril del 2006
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El sujeto en conflicto.
El conflicto suele ser visto bajo la lupa de la dramatización en una cultura estricta, pero si cambiamos de cristal de análisis encontramos que conflicto es algo necesario y que indica una relación contradictoria de una persona consigo misma y/o con su entorno, fruto de contradicciones y desajustes. Prácticamente todo pasa por el conflicto. Sin él no habría cambio o evolución, sin en no se plantearían las transformaciones y otro diseño de conductas. El conflicto pues es necesario desde el punto de vista evolutivo. Otra cosa es su conversión en síntoma que desmadeje al sujeto y lo sumerja en un estado paroxístico o patológico del que no sea capaz de salir por sus propios medios requiriendo de una intervención externa de ayuda terapéutica. Cuando el conflicto estalla y desborda a la persona desquiciándola sumiéndola en un mar de dudas e incertidumbres tiende a desear un oasis de paz exento de contradicciones y de toda clase de problemas. Al hacerlo puede olvidar que el conflicto es fruto de sus nuevos descubrimientos y de permitirse el deseo que le haya aventurado por nuevos terrenos de exploración. Es en ese preciso momento en que el psico-analisis tiene que proponer una reinterpretación de las tendencias desbordadas por el consciente sin fabular con supuestas vueltas atrás del todo imposibles. El conflicto puede ser el indicador de nuevas aventuras y de un nuevo tipo de vida más compleja y dispar sí pero también más rica y experimental. Por lo general el conflicto es el resultado entre el deseo contenido y socialmente tolerado con el deseo emergente y culturalmente reprimido, incluso autorreprimido por el sujeto mismo asustándose ante su voluptuosidad. La cura no pasa por la supresión del malestar negando el origen causal del deseo implosionado sino potenciando este y tratando de compaginarlo con el resto de elecciones de vida.
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La conversación interrupta.
Un indicador de cultura de una persona dada es comprobar su capacidad de atención y seguimiento de un contexto o una conversación en la que participa. Por indicador de cultura entendemos estas capacidades: las de atención y respeto, de tolerancia, de comprensión, de discusión y de admisión si el razonamiento escuchado lo merece. Un indicador pues complejo y rico en variedades que está por encima de la vaga idea de que cultura es aquello solamente libresco que tiene quien puede hablar de cosas, coyunturas, nombres y menciones; ya que todo esto puede formar parte de la manipulación y de la inteligencia pero no de la cultura en su sentido amplio de saber (teórico) y de saber estar (saber práctico). En los espacios conversacionales y momentos hablados las formas interrupcionales dan cuenta de la cultura, o no, que tiene el que hace de interruptor. La confianza, la fluidez, la inquietud mental, la pluralidad temática en un mismo espacio y lugar son factores circunstanciales que dan derecho o facilitan a interrupciones recíprocas continuas y consentidas pero que ponen en peligro el sentido de la misma habla y deja en mal lugar el panel cultural de los participantes si no son capaces de remontar y seguir con el tema que se está tratando. Puesto que la conversación no se limita a ser la tentativa de la comunicación sino que es a menudo el arte de la lucidez y quien no la tiene de su lucimiento personal, la interrupción pone en evidencia un síntoma no por sutil inexistente: la necesidad de que el yo impere por encima de la lógica de una exposición dada. A una mayor presencia de interrupciones e interruptores concretos con todas aquellas intervenciones de disrupción, la conversación se convierte en un campo de batalla que nada tiene que ver con la dialéctica verbal y sí mucho con la logorrea de cada hablante. Pasa a ser el ring donde el que habla más fuerte es el que se lleva más espacio sonoro o el que cita más a los popes o fuentes sacras pasa a ser el más oído. Es el momento en que también los amantes de las buenas conversaciones pensadas para aprender y comunicar pueden decidir pasar a segundo plano y dejar a quienes solo desean escucharse a sí mismos a que sigan con sus solos monodiscursivos. La constatación de este fenómeno destruye el concepto voluntarista de que hablando se entiende la gente. No siempre. Hay hablas que empujan directamente a la necesidad del silencio para recuperar la armonía. Para quien compulsivamente necesita estar interrumpiendo o necesita exhaltarse para imponer su voz trascendiendo el límite de la pasión verbal para alcanzar el nivel de la estridencia cabe sugerir un paréntesis autorreflexivo de lo que le está pasando y considerar la hipótesis del imperio de su yo fuerte como síntoma en lugar de una personalidad conciliatoria con la diversidad y su riqueza o lo que es peor, su intolerancia frente a la adversidad y la diferencia del otro.
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Un nuevo mundo de paz, creaciones y concordia es posible. Se ganará persona a persona, cuerpo a cuerpo, análisis a análisis. No basta el voluntarismo para ser mejores, es precisa la denuncia de las personalidades potencialmente o fácticamente perversas que facilitan la corrupción general.
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La gula: pecado capital. omniagabinet@hotmail.com
Cuánto más se come más se expulsa, cuantos más materiales de metabolización se ingieren más se sobrecarga el organismo. El modo de comer va unido al modo de ser y la gastronomía de los pueblos es uno de los principales indicadores de sus culturas. Las conversaciones sobre viajes o reuniones sociales repasan lo que se ha comido o dejado de comer. Las fiestas de grupo, las celebraciones y las invitaciones a los amigos suelen ser entorno a mesas provistas de cenas o cosas que llevarse a la boca. Satisfacer al otro pasa por llenarle la boca. Al bebé se le neutraliza dándole un chupete para que siga con el gesto de la succión entre comida y comida y al adulto se le invita siempre a tomar algo. Se diría que dos hablantes son incapaces de pasear para hablar o mantenerse en pie en un lugar haciéndolo. Ir a tomar algo o quedar para tomar café y hablar se ha convertido en un tic. Todo se confabula para caer en la gula. Los estados de ansiedad se traducen por abrir el frigorífico y zamparse cualquier alimento a la vista y cuando la gente necesita darse estímulos extras o regalarse satisfacciones piensa en irlo a celebrar a un buen restaurante. Claro que no todo lo comestible es alimentario y como dice el refrán lo que no mata engorda, lo cual es otra clase de muerte diferida. Curiosamente con los estómagos llenos el cerebro está más embotado y está en el momento en que menos claridad tiene para decir sus mejores discursos, pero como esto no se nota dada la vulgaridad dominante del discurso hablado, los discursos épicos van unidos a los postres exquisitos y a los brindis durante las comidas especiales. También es en ellas donde se cierran tratos comerciales o se hacen negocios. Se diría que el estómago cargado se alivia con descargar tensiones mentales y adoptar compromisos o decir síes e un modo de reducir presiones de otros. La gula es uno de los pecados capitales avisados por la antigüedad de cuyos textos maternos pueden dar cuenta los exégetas y una de las realidades circunstanciales de una sociedad del consumo que crea la ficción de llenar contenido al vacío existencial predominante llenando los abdómenes a destajo. La exigüidad individual y su falta de sentido propende a ser llenada aumentando el volumen corporal y metiendo cosas en sus cavernosidades intestinales. El resultado estadístico es de una mayor obesidad a cuotas alarmantes en varias zonas del planeta con balances mortuorios por patologías ligadas a ella y el resultado psicológico de primera evaluación es la conversión de un individuo aun gusano que no para de tragar convirtiendo su existencia en la conducta del devorador continuo, conducta ligada a falta de pretensiones, a falta de lógica relacional y de gusto exquisito por otras cosas. El trastorno alimentario esconde un trastorno de personalidad. La técnica de deshabituación pasa por regular los horarios y las dietas en lo concreto (de lo cual hay innumerables propuestas en el campo de la cultura naturista pero también en todos los demás campos nutricionales) pero en dotar de contenido a la vida en general. Quien ha incorporado en su vida una dinámica de sentidos necesita comer menos y quien hace de la comida un acto consciente de nutrición y se desmarca del propio de galerías y vistuosidades de lo social podrá prescindir de la cantidad y saborear la calidad.
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La creación de sentido en la práctica psicoterapéutica.
Es la tesis central de Viktor Frankl, el creador de la logoteoría.
En las condiciones más adversas donde todo apunta al sin sentido y al vacío existencial el superviviente de sus avatares se enfrenta a la tesitura de sucumbir definitivamente siguiendo la falta de lógica de todo, que así lo tiene interiorizado, o inventarse una nueva vida para su futuro por distinta, imprevista y original que pueda ser. La creación de sentido es la recreación del yo en función del deseo de su instancia de realidad íntima al margen y en contra, si es preciso, del imperio de la realidad externa, vulgar y estandarizada. El sentido no es único ni universal (no hay una razón existencial común para todos los existentes) sino expreso y particular. Lo que da sentido a unos es superfluo para otros, lo que le sirve a alguien es deplorable para otro. Por eso el sentido no admite plagio. Tampoco admite impugnación. Los gustos y placeres que pueden dar sentido a una vida no tienen porque estar a la altura de los deseos o pretensiones de otra. En definitiva el sentido es la elección particular que una persona hace para dotar de contenido a su existencia sin que eso tenga porque entenderlo o aceptarlo la otra persona que la observa o estar de acuerdo con la moral pública. Es así que la creación de sentido queda puesta en la atalaya de la mirada individual y de las necesidades de sujeto sin que haya razones objetivas que fallen a favor de una elección o de otra. Para Frankl esa creación se expresaba en contenidos socialmente necesarios y útiles para la historia y para los demás, pero psíquicamente puede suceder que un sujeto encuentro la lógica de su destino personal en tesituras banales y acciones aberrantes o contrarias a las necesidades de su especie de pertenencia o de su planeta de morada. Por ello la creación de sentido debe ir asociada, práctica y terapéuticamente, a la ética indispensable en el comportamiento para hacer algo que complazca al registro del uno y concuerde al mismo tiempo con los deseos históricos o potenciales del todos. Así, la búsqueda del sentido no se convierte en un itinerario ególatra para la satisfacción del narcisismo personal sino en un autodescubrimiento de lo que se quiere y desea para avanzar en la autorrealización y por esta vía en el cambio del decorado social del que se participa. Es en este punto en que la psicoterapia analítica se transforma en socioterapia práctica.
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Multitudes de personas prefieren llevar una baja calidad de vida nutrida de conflictos de relación en lugar de acudir a un espacio analítico donde revisar su estructura de personalidad y sus trastornos de comportamiento. La inversión de tiempo, energía y capital en autoconocerse más y mejor no es un gasto a fondo perdido sino una manera de asegurar el bienestar mental, la higiene psíquica y una mayor cuota de felicidad práctica.
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Las curas de conducta pasan por la conciencia de sus impactos. La persona que sufre por sus alteraciones está convocada por su destino a tomar consciencia de si misma no pasándoles la pelota de sus males a profesionales que se los resuelvan con sus varas mágicas. Estos no son más que aliados en su proceso de restauración no magos haciendo milagros. |
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Lo que puede haber detrás del afán de altruismo.
Es una de las palabras maestras de la solidaridad a los necesitados o a quienes necesitan de ayuda. ¿Qué mejor atributo para una persona que la de ser calificada como altruista? El que hace cosas sin especulaciones materialistas a priori, el que da sin esperar recibir, el que ama sin esperar la recompensa de nada. El que regala sin recibir regalos. El que piensa en los demás sin que los demás piensen en uno. El altruista es posiblemente el que mejor define el amor solidario, el amor antropológico, el amor de grupo y el amor desinteresado. ¿Desinteresado? Veámoslo un poco más de cerca. Hay un altruismo al otro desconocido para justificar no enfrentarse al otro conocido y cercano. Tener un mundo entero que te espera: los niños de Biafra, los damnificados del último terremoto, los huérfanos o niños abandonados,…
Durante las dictaduras o los regímenes tiránicos los del sistema son todos aquellos que defienden el inmovilismo y son reaccionarios a todo tipo de iniciativa social de renovación, durante las democracias o regímenes aperturistas, la gran dimensión de los otros pasa a convertirse en un magma de todos. El sistema incluye no solo al poder sino también a sus contestatarios. La idea de lo alternativo se confunde con la de la conservación y la ayuda del todo desinteresada cabe dentro de la lupa de la sospecha. Si los misioneros de siglos anteriores instalaban escuelas y luchaban contra el hambre a cambio de colonizar con su fe áreas poblacionales del globo, los nuevos misioneros de la solidaridad seglar atajan sus propios conflictos personales ayudando a los pobres del mundo, cuanto más lejos y desconocidos mejor para no enfrentarse a las miserias ideológicas de la proximidad. Lo que puede haber detrás del altruismo desde el punto de vista psicológico no siempre son motivaciones de nobleza sino maneras de autoocultarse las verdades de uno a si mismo haciendo roles para los que será concelebrado. La ayuda mutua y el principio de solidaridad es necesario para hacer un mundo mejor. No lo discutamos eso. Lo que está por ver es si el altruismo a ultranza (dar limosna sistemáticamente, hacer los trabajos de otros, servir el pescado en la mesa en lugar de proporcionar la caña,...) ayuda a ese mundo mejor o por el contrario consolida aún más éste en sus imperfecciones. En el análisis de conducta los estilos altruistas arrojan anécdotas de personalidades con afán de protagonismo, desde la ayuda sí, pero con una necesidad a veces enfermiza, de hacer favores para que los demás queden en deuda con quiénes los actúan. El altruista que favorece a otros puede estar haciendo una inversión no necesariamente de orden económico o materialista sino psicológica. Invertir en el pobre para calmar la culpa, para ganar el cielo, para mejorar aspectos biográficos o para sentirse mejor humano o cristiano. El menesteroso cumple la función objetiva del pretexto para que alguien alivie sus tensiones dedicándose a ayudarle.
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La cultura del consumo y del incremento incesante del poder adquisitivo pone como objetivo ensalzable la obtención de dinero. El dinero es valorado por el dinero mismo y no como medio para alcanzar bienestar o capacidad de movimiento. De ahí que el dinero se convierte en un significante que captura al que lo pretende, o lo acumula, haciéndole perder de vista sus otras prioridades existenciales. En la sociedad ambiciosa, las carreras profesionales persecutoras del dinero son las más apreciadas. Ha pasado a la historia el valor de la elección de un trabajo por vocación. En todo caso la mayoría laboral que elige sus trabajos porque les resultan más apropiados les gusten o no, se abstiene de la defensa de la honorabilidad o del sentido de la autorrealización. Lo que prima es la elección de algo por su potencial de beneficio de tipo material. El dinero es la zanahoria tras la que se va como un pato ignorante de que aquella cuelga de la pértiga del pastor que camina a sus espaldas. El ambicioso de dineros reproduce un síndrome colectivo a escala social: el de justificar la donación de su tiempo, de su esfuerzo, de su energía y de los mejores años de su vida para acumular ese tesoro a cambio de enriquecer a la empresa o empresas para las que trabaja es un simulacro de estabilidad. Aparca la verdad de su persona, de sus deseos, de sus necesidades psicológicas, de sus verdaderos intereses como persona para convertirse en ejecutivo, gestor, negociante, comercial, representante o directivo ajustándose al rol que se espera que haga aunque no le importe un comino o no crea para nada en ello. Esa disonancia entre lo que se es, o se cree ser realmente; y lo que se hace o se representa artificialmente no deja indemne a la persona que admite vivir ese antagonismo interno durante un año y otro, y otro, y otro más y así dedica la década de sus veinte y de sus treinta años a hacer lo que otros esperan que haga y a dejar de hacer lo que realmente siente. Lo curioso de este comportamiento es que el objetivo principal que lo justifica: el de tener dinero y comprar con el un estatu quo no dejan de ser migajas en comparación al dinero que encadena para que otros se beneficien. Por otra parte el dinero que consigue para sí como instrumento de compra proporciona cosas cuyo uso queda obstaculizado por un ritmo frenético de vida basado en el estrés y la desazón que deja las cosas en casa sin poderlas gozar, salvo un coche en la carretera que hace de prolongación del yo, y que por otro lado ya nadie mira o hace caso, y que eventualmente es su ataúd potencial sobre ruedas. El panorama no es nada halagüeño. El dinero como potencial de poder es un espejismo para la mayoría que mantiene cuentas de ahorro medias y patrimonios de clase media cuando es valorado en sí mismo habiendo perdido su función de mercancía de intercambio. El síntoma añadido al perseguirlo es que la persona sólo se siente segura de sí misma al tenerlo y nadie si no lo tiene o no tiene suficiente. Por su parte la sociedad valora a sus miembros por su tener y por su función productiva no por su ser ni por su verdad sensible.
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